Ante cualquier reto o circunstancia, tenemos dentro de nosotros dos posibilidades: una de razonar y otra de reaccionar. Delante de cualquier situación tenemos la opción de elegir qué vamos a hacer en primera instancia.
Razonar tiene que ver con el hemisferio izquierdo que se dedica a analizar la situación, evaluar y verificar que sea lógica. Razonar cualquier situación con calma y cautela nos puede convertir en personas rígidas, sin emociones y frías. Aquí somos calculadoras, medimos las consecuencias y ponemos en la balanza los resultados que pueda tener nuestra actitud o respuesta: medimos los resultados.
Reaccionar, por el otro lado, tiene que ver con las emociones y las reacciones espontáneas que surgen por programas que hemos adquirido y que muchas veces decimos que son reacciones incontrolables porque pareciera que solas se activan ante cualquier situación que sea un poco más intensa de lo normal. Reaccionar es automático, aquí no hay mediación de nada, ni tampoco una visión de lo que pueda suceder si doy un manotazo o grito. Y es que en buena parte nuestra personalidad está conformada de emociones que manifestamos en diversas maneras dependiendo de lo que hayamos acumulado desde nuestra infancia.
¿Cuántas veces un viaje que podría ser placentero se convierte en una pesadilla debido a tu estado de ánimo? Debes levantarte temprano para estar a tiempo en el punto de partida para iniciar tu viaje. Suena el despertador, lo quieres apagar pero se cae y se rompe. Y dices “esta porquería!” Te levantas y te lastimas el pie al pisar una de las piezas del reloj despertador. Dices algunas palabritas altisonantes. Te vas a bañar y resulta que tu toalla se fue a lavar y no tienes toalla. Todos estos son contratiempos y empiezas a enojarte. Le gritas a tu esposa que necesitas una toalla, pero ella está en la cocina preparándote el desayuno para que no llegues tarde y no te escucha. Más gritos de tu parte, hasta que sales de la ducha enfurecido, te resbalas y casi caes. Esto empeora la situación y de malas consigues tu toalla. Una vez vestido te diriges a la cocina para continuar el drama. Reclamas por la toalla y te desquitas del coraje acumulado sobre el despertador roto, tu pie lastimado, la toalla, y el resbalón. Tu esposa se queda sorprendida de tu reacción porque ella ya tiene tu desayuno listo para que te vayas de viaje. Ella esperaba amabilidad y gratitud de tu parte, sin embargo, no conoce tu breve y triste historia y no te entiende. Le gritas, la pones de mal humor y finalmente sales de la casa con un portazo retrasado. Tomas un taxi y te peleas con el taxista por que no toma la ruta que tú quieres. Cuando llegas al punto de encuentro con retraso y lleno de mal humor, te conformas que todavía siga allí el grupo con el que vas a viajar. Pero te dicen que la salida se retrasa unos 40mins. Por razones de tráfico. ¿Valió la pena los corajes acumulados de la mañana? ¿Valió la pena gritarle a tu esposa que sólo quería atenderte amorosamente? ¿Valió la pena el desencuentro con el taxista? Y la historia no termina aquí, sino que continuará así por un buen rato hasta que tú lo detengas y cambies de curso de tus emociones.