El ser padres siempre ha conllevado a tener miedo o cierto temor a no hacer lo adecuado para sacar a los hijos adelante, pero actualmente el miedo se refleja en el temor a ser juzgados, ofendidos y que los hijos se molesten con nuestra actitud. Así que muchas veces los padres prefieren “no hacer olas”.
En la generación de nuestros abuelos este miedo se centraba en que no les sucediera nada malo a los hijos, y en que se les preparara para que fueran hombres y mujeres “de bien”. Esto es, que los varones estudiaran una carrera o algún oficio y que fueran productivos para sostener una familia. Por su parte a las mujeres se les instruía en labores domésticas para convertirse en unas buenas amas de casa, buenas esposas y madres de familia.
Esta educación era sin cuestionamientos, los padres hacían todo lo que ellos creían pertinente para lograrlo y los hijos se sometían a las reglas que les imponían estos. Aquí la autoridad de los padres era totalmente respetada por los hijos y no existía la posibilidad de cuestionar o quejarse de ella. Los hijos sólo obedecían en silencio. Si no estaban de acuerdo, callaban por miedo a ser reprendidos o castigados por la autoridad de los padres.
En la generación pasada, la autoridad de los padres se empieza a cuestionar en voz alta por lo hijos. La autoridad ya no es tan fuerte, los hijos comienzan a calificar de buena o mala la actuación de sus padres. Ya no tienen miedo a defenderse, a pesar de probables castigos por ser “groseros”, “faltos de respeto” y “desobedientes”. Aquí todavía los padres podían decirles a los hijos “NO” cuando lo consideraban pertinente y éstos obedecían aunque fuera a regañadientes.
Actualmente, se ha caído en una falta de autoridad por parte de los padres hacia los hijos por miedo a “que se enojen” o “no les parezca”. Aquí los que actualmente han perdido el control y han caído en el otro extremo, en una anarquía verdaderamente peligrosa son los padres. No saben qué hacer con los hijos y muchas veces su mayor preocupación es el “qué dirán”, y no los vecinos, sino lo que opinen de ellos sus propios hijos. Así que una solución muy recurrida es que mejor que hagan lo que quieran y así no se meten en problemas.
Esta situación que viven muchas familias actualmente se ha tornado en un grave problema social. Ahora, muchas veces son los hijos los que mandan en casa. Los padres son los que preguntan a los hijos sobre medidas a tomar dentro de su educación y el proyecto familiar. Esto no es malo, pues los hijos son parte de la familia y es bueno que tengan voz y voto en las decisiones, pero existen momentos cruciales donde los padres deben hacer que su autoridad se escuche, y tomar las riendas ya que ellos son la cabeza de la familia y los mayores responsables de ella.
Es triste observar a padres que se doblan ante algún comentario de un hijo al que no le parece “justo” la decisión de ellos. Esto es el resultado de un gran miedo en el que viven sus padres. En muchos casos estas personas sufrieron el miedo a sus padres en su momento y ahora están viviendo el miedo a los hijos. Es una generación “sándwich” entre estos dos miedos. En general se debe a una baja autoestima y por lo tanto con una gran inseguridad.
En terapia se manejan herramientas de Programación Neurolingüística donde los padres son llevados a momentos que han vivido de gran seguridad en su vida, a algún acontecimiento en el cuál a través de una gran seguridad salieron delante del problema que estaban pasando.
Si el “miedo a los hijos” te impide tomar decisiones que tú crees necesarias en determinados momentos, llénate de seguridad con este ejercicio que te puede ayudar a lograrlo.
- Piensa en algún momento en tu vida, no importa la época o tu edad, en que estabas totalmente seguro de lo que hacías.
- Cierra tus ojos, respira profundamente y viaja a ese momento. Ve lo que está sucediendo, dónde te encuentras, quiénes están ahí. Escucha lo que pasa y siente esta seguridad que surge en ti en ese momento difícil y que te lleva a actuar de una manera asertiva, fuera de dudas. Tú ahí sabes simplemente que esto es lo que tienes que hacer y lo haces.
- Continúa con tus ojos cerrados. Respira profundamente y piensa en algún color. El primero en que pienses es el adecuado. Párate y así respirando báñate de este color, pon tus manos donde la sensación de seguridad sea más fuerte y retoma una vez más tu sensación de seguridad que estás viviendo en esta situación.
- Ahora abre tus ojos, regresa aquí.
De ahora en adelante cada vez que necesites tener seguridad puedes seguir estos pasos:
- a) Párate y cierra tus ojos
- b) Respira profundamente y báñate mentalmente de este color que es el símbolo de tu seguridad poniendo tus manos donde las pusiste la primera vez
- c) Actúa de la manera que tú crees es la mejor
Ahora empieza a guiar a tus hijos en los momentos que es necesario con seguridad y firmeza. Ellos de esta manera empezarán a entender que lo que tú estás manifestándoles es para su bien.
Empieza el proceso YA.